Carta del Editor

Nos encontramos en La piel ajena ante una novela negra cruda, melancólica e impresionista, con algunos elementos que podrían pertenecer al género fantástico o de ciencia ficción. Una sensación decadente y triste domina la mayor parte del relato; las descripciones y el espíritu mismo de la obra nos ha recordado al universo de Sin City creado por Frank Miller. Un mundo que no es exactamente el nuestro, pero que nos recuerda demasiado. Un contexto noir urbano dominado por la violencia, la corrupción y la pérdida de horizontes. Personajes que deambulan por la vida como títeres, seres que perdieron hace ya demasiado tiempo el contacto consigo mismos.

 

El autor nos presenta una realidad angustiosa y desesperada: un mundo en el que aquellos que dominan los bajos fondos son los mismos que alcanzan la cima del poder oficial, y en el que los seres más sensitivos sobreviven apartados y con miedo, en medio de un festín de opiáceos. Formalmente, La piel ajena es una novela muy bien escrita. El autor emplea un lenguaje sencillo y plenamente accesible, pero no exento de un cierto lirismo que impregna toda la obra.

 

Se trata de una historia que maneja una estructura clásica, en forma de inicio, nudo y desenlace, narrada con brío, buscando mantener el interés del lector desde el principio y hasta el final del relato. Y lo logra; por medio de una trama que nos interesa e imprimiendo un ritmo narrativo ágil y desenfrenado cuando debe serlo, pero que incluye también frecuentes pasajes introspectivos y más pausados. Se trata de una novela no demasiado extensa, estructurada en treinta capítulos, breves, por tanto, y que presenta un equilibrio entre diálogos y pasajes descriptivos. Ya se ha dicho: es una novela negra. Muy clásica en algunos aspectos, y novedosa en otros. Se trata de una investigación policial llevada a cabo por un personaje principal casi acabado; uno de esos melancólicos loosers que tanto ofrece el género. Sin embargo, el detective Donovan, logra reunir las fuerzas justas para enfrentarse a sus demonios interiores y resolver un último (gran) caso. One last ride.

Un aspecto muy logrado de la novela es cómo retrata psicológicamente el autor a sus personajes. Esto forma la esencia misma de la novela, al presentarnos un mundo tan siniestro. Pero bien podría haberse detenido el autor en las descripciones físicas, tara esta habitual en las malas novelas. Un universo como el presentado en La piel ajena debe llevar aparejado un tipo de conciencia y hasta de filosofía. El autor indaga en las consecuencias psicológicas que tendría una realidad como la que nos pinta. Lo que vemos (o leemos) no es agradable. Donovan es corrupto, aparentemente la única forma de sostenerse, borracho y drogadicto. Inseguro y débil, pero aún con una llama interna que no se extingue del todo y que le hará embarcarse en la más peligrosa de las misiones. Una serie de asesinatos que tienen lugar en la ciudad en los que resulta extremadamente difícil encontrar conexiones y pistas. Una ciudad dominada por un brutal mafioso preocupado por el lanzamiento inminente de una nueva droga que volverá a la población (aún más) dependiente y aborregada. Se trata de la luz esmeralda. En el camino de Donovan se cruzará otro personaje atormentado y trágico: Cat.

Perdida, solo en la droga encuentra ansiados momentos de calma. La relación que se establece entre estos dos seres destruidos me ha recordado a la que tiene lugar entre dos personajes de una magnífica película de John Huston: Fat City.

 

La piel ajena es muy visual. Se trata de una novela muy cinematográfica y emplea recursos narrativos del cine. La propia estructura, algunos giros, los personajes, sus actitudes y comportamientos, nos recuerdan algunos momentos de películas. Al menos a mí. Quizás por esto no cuesta tampoco imaginarla en forma de comic.

La piel ajena convence. Una novela frenética y pausada a la vez. Profunda pero también terriblemente física. Divertídisima y melancólica. El autor maneja con sabiduría los ingredientes que ha ido añadiendo y sabe cómo crear una obra compeja y sólida. No es fácil un libro así.

José Álvarez

Editor de Ediciones Atlantis